Luis Fuenmayor Toro /
Desde que voto en elecciones nacionales, es decir, desde el 1-12-1963, cuando tenía 18 años y casi 5 meses y estudiaba primer año de medicina en la Escuela José María Vargas de la UCV, he escuchado la conseja de votar por el menos malo, cuando no se tuviera un candidato que convenciera. La de 1963 fue la elección que ganó Raúl Leoni, candidato de Acción Democrática (AD-gobierno), que tenía a Rómulo Betancourt como presidente. Pero mi interés en la política se había iniciado antes, en mis años de adolescente, mientras estudiaba bachillerato, con discusiones en mi colegio sobre las elecciones de diciembre de 1958, las primeras ocurridas luego de la caída del gobierno de Marcos Pérez Jiménez.
En 1963, los principales candidatos fueron Raul Leoni, Rafael Caldera, Jóvito Villalba, Arturo Uslar Pietri y Wolfgang Larrazábal, y en ese orden quedaron en la votación. Recuerdo haber votado por Arturo Uslar Pietri, porque había sido parte del gobierno de Medina Angarita, del que siempre oí hablar muy bien en mi casa. Había dos candidatos más: Raúl Ramos Giménez de AD-oposición (había ocurrido la segunda división de AD y se disputaba cuál de las dos organizaciones aspirantes sería la futura AD) y Germán Borregales, candidato de extrema derecha, defensor del franquismo, pero nacionalista y patriota como el que más, quien incluso llamó traidor a la patria a Rafael Caldera, cuando en 1972 otorgó un plazo a Guyana de 12 años, para la resolución del problema limítrofe. Nada que ver con la apátrida ultraderecha actual, tan cipaya como corrupta.
Leoni ganó con el 32,81 por ciento de los sufragios y la cantidad de votantes fue del 92,3 por ciento de los inscritos, lo que significó una abstención baja, hecho que siempre ha incomodado a los chavecistas, pues demuestra una participación innegable, que el comandante eterno nunca logró, y que por tanto había que disminuir su significado, con unas racionalizaciones sin sentido como aquélla del voto obligatorio. Jamás nadie sintió esa obligatoriedad, pues nunca hubo sanciones contra quienes no votaran. En el congreso, AD no logró la mayoría absoluta, sólo obtuvo 66 diputados de los 179 existentes y 22 de los 47 senadores. El método D’Hondt, aunque no es el mejor, ni el más justo y equitativo, se aplicaba a las listas y evitaba las desvergonzadas y fraudulentas proporciones actuales.
El establecimiento de una proporcionalidad real, de manera que el número de representantes en los cuerpos deliberantes se acercara lo más posible a la proporción de votos obtenidos por los candidatos, ha sido imposible de lograr en el país, pues quienes ganan o piensan ganar esperan verse favorecidos por esta situación. Es más, ni siquiera quienes están exigiendo elecciones ya, se pasean por la posibilidad de corregir esa aberración, pues se ven en una asamblea donde ellos tengan la mayoría que hoy tiene el PSUV. Así como tampoco corregirán el problema de la reelección permanente, porque ya ven a María Corina o a algún otro, eligiéndose eternamente. Sus críticas son insinceras, ya que parten, como también lo hace el gobierno, de la concepción de que “si el defecto me beneficia, está bien”, pero “si beneficia al adversario, es inadmisible”.
La oposición del “ya” pidió sanciones para que el hambre generara una revuelta; hoy piden que las sanciones se profundicen, pero el asesino es el gobierno al no activar los rescates. Rogaron por una invasión militar gringa, la festejaron cuando los bombardeos ocurrieron y nuestros soldados murieron, así como celebraron el asesinato de lancheros en el Caribe. Hoy son felices, con los más de 2 mil efectivos militares gringos en el país, con sus destructores en La Guaira y sus helicópteros en nuestros cielos, y con la presencia activa de grupos sionistas genocidas de Israel. Querían que a Maduro lo juzgaran tribunales gringos, contrataron mercenarios para incursionar en Venezuela y los autorizaron a asesinar venezolanos, prefieren que los ingleses se queden con el oro a que éste sea devuelto y siguen exigiendo, a EEUU, que no pague por el petróleo, gas y otras riquezas que se lleva.
Inventaron una alerta de tsunami, generando terror en la gente que buscaba auxiliar a sus familiares bajo los escombros. Dijeron que el gobierno trabajaba para que la gente muriera aplastada, que impedía la acción de los rescatistas, vendía la ayuda humanitaria, traficaba con niños, violaba jóvenes en los refugios, rescataba caletas llenas de oro y dólares de los escombros y encarcelaba a prohombres como el delincuente apodado “el topo”. Otro tanto ocurrió con quien donó unas urnas, que incluso tuvo que hacer una aclaratoria pública al respecto. Hoy, el tema es que los escombros están siendo botados en el mar Caribe. Mañana aparecerá otro.
Tanta ignominia obliga a salirle al paso para rescatar la sensatez y la verdad, aunque luego calumniosamente nos insulten, ofendan y amenacen. El gobierno de Maduro fue pésimo y hoy sufrimos las consecuencias de su malhadada gestión, entre ellas la conculcación de nuestra soberanía e independencia nacionales, pero quienes dicen que lo suplantarán ya son claramente muchísimo peores. No soy religioso, pero Dios nos libre de esa plaga.

